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Normas de Convivencia.
El casamiento inaugura una etapa de redescubrimientos mutuos. Se trata de dos personas criadas bajo distinto techo, que optan por compartir un futuro común.
Pero, a veces, esta nueva estabilidad puede verse amenazada por el aprendizaje anterior
.
Podría definirse al noviazgo como el preámbulo de un matrimonio. Esta etapa previa al gran compromiso nos facilita mucha información sobre nuestra pareja, indispensable para elegirnos como esposos, y necesaria para un proyecto común futuro.
Sin embargo, el noviazgo comparte con el matrimonio los mismo actores, aunque en escenarios y con guiones dispares.
La gran diferencia descansa en la convivencia diaria, que como toda vivencia, tiene sus rasgos particulares que la hacen una experiencia inédita. Durante el noviazgo, la pareja desarrolla generalmente su relación en espacios neutros, para luego volver a sus entornos propio
La gran diferencia descansa en la convivencia diaria, que como toda vivencia, tiene sus rasgos particulares que la hacen una experiencia inédita. Durante el noviazgo, la pareja desarrolla generalmente su relación en espacios neutros, para luego volver a sus entornos propios . Esta dinámica dificulta el descubrimiento de nuestra pareja en la intimidad de su vida en familia.
Con el casamiento, y la experiencia de un mismo techo que compartir, los problemas rutinarios se hacen sentir. Descubrimos costumbres hogareñas disímiles, actitudes nuevas o sorprendentes, en definitiva, comportamientos que nunca antes habíamos notado. El problema surge cuando dos personas acostumbradas a dos maneras de hacer diferentes, intentan imponer sus métodos sin concesión; han sido criados de una forma, y todo lo demás les resulta extraño. También puede darse el caso de que ambos hayan crecido con pautas de comportamiento similares o al menos compatibles, y que la convivencia entonces no provoque demasiadas sorpresas.
Pero de no ser así, los enfrentamientos son inevitables. Cada cual busca aportar a su nueva familia, lo que trae de la suya propia, e incluso, espera encontrar en este nuevo hogar, mucho de lo mismo que tenía en el que dejó.
Muchos recién casados se encuentran en este dilema. Habiendo sido criados de una manera, les resulta difícil ceder ante otras alternativas, por más sutil que sea la diferencia. El orden, la limpieza, la cocina, en rasgos generales, y más particularmente, detalles como la hora de acostarse, de ver televisión, y de hablar por teléfono, resurgen transformados en motivos de discordia.
Estos inconvenientes pueden ser fácilmente superados. Para ello es necesario que cada uno asuma su nueva familia, y con ésta, sus nuevos roles, para que pueda revelarse en forma natural y espontánea, un manual de convivencia propio de la pareja. O sea, el gran secreto es empezar de cero, y renunciar a las manías aprendidas, que no siempre son las correctas. Cada uno trae sus maneras de llevar adelante las cosas, pero eso no significa que sean rígidas e inamovibles.
Convivir con alguien implica haber apostado por la unión, por un proyecto de vida en común. Y para eso, cada pareja debe instaurar sus propias normas, para así evitar que el peso del pasado pueda llegar a empañar el futuro. Ese esfuerzo inicial y luego cotidiano, está signado por la negociación continua, en una vocación por establecer las bases de común acuerdo. El matrimonio se alza así como nuestra primera gran empresa, y como tal, cada socio debe luchar por mantenerla firme y floreciente.

Constanza Manrique para P&S
www.propuestasyservicios.com
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