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La Tormenta perfecta.
Toda mujer sueña con organizar su casamiento. La ceremonia, la fiesta, el vestido, todo está bajo su control, hasta que interviene el novio…
¿Cómo hacen para transformar ese momento en una tormenta perfecta? O, seremos nosotras las culpables…
La organización del casamiento coincide con los momentos más felices en la relación de una pareja. Atrás quedaron las idas y vueltas del noviazgo, los temores y las inseguridades. La estabilidad del compromiso nos llena de ilusión y dichosos nos lanzamos a la organización de la tan esperada celebración. Pero lo cierto es que la magia del compromiso dista mucho de prolongarse en el tiempo. Y de pronto, la pareja se ve envuelta en toda una serie de tribulaciones que confirman el famoso dicho popular: Y los pingos se verán en la cancha...
La transición se desarrolla paulatinamente. La fecha de la boda se establece sin ningún contratiempo, y la definición de la Iglesia tampoco parece suscitar mucha discordia. Eventualmente sobreviene el primer impacto, cuando descubrimos que todos esos años de noviazgo habíamos hablado de todo, absolutamente de todo, menos del color de los manteles, de los adornos de mesa, y como si fuera poco, tampoco sabíamos que odiaba los empapelados. Las expectativas y mitos se desvanecen rápidamente. Las diferencias se hacen cada vez más explícitas, y casi dudamos de su amor.
Cómo que preferís la carne al pollo…!!!, vociferamos entre llantos. Él nos mira azorado. Delante tiene a su futura mujer hecha una hiena por un pedazo de pollo. Sin entender cómo, la culpa de todo es inevitablemente siempre de su madre (la suegra de la novia), quien en ese momento está saboreando una deliciosa presa en algún restaurante de la zona.
Esta situación puede tornarse incluso más tempestuosa según el tipo de novio que tengamos a nuestro lado. A manera didáctica, podemos agruparlos según dos subtipos. Por un lado, aquellos que desean participar exhaustivamente en todo lo relacionado al casamiento, comúnmente denominados “maniáticos”, especie desgastante, aunque menos popular. Y por el otro, “los anónimos”, numerosos y silenciosos, cuyo único aporte es el sí en el altar.
Los maniáticos están atentos a todos los detalles. Algunos pueden verse influenciados por madres temperamentales, que al no verse involucradas, utilizan a sus hijos para fiscalizar la planificación. Por lo general, los maniáticos quieren supervisar todas las etapas de la organización, desconcertando a sus mujeres que de repente se ven discutiendo con su futuro esposo sobre las flores de una alfombra. Esta etapa resulta una eterna negociación, y puede tornarse sumamente cansadora para los participantes, quienes finalmente se ponen de acuerdo frente al altar.
Los anónimos, por su parte, dejan todo en manos de sus mujeres. No se inquietan por la organización, a menos que se tenga que elegir el vino. Para eso, pueden pasar largas horas navegando por Internet averiguando sobre bodegas, años y cosechas. Los electrodomésticos son otra de sus pasiones. Eligen los modelos de avanzada, como si ellos fueran a usarlos. La aspiradora cibernética se vuelve indispensable, y hasta la plancha larga un vapor último modelo. Ni que hablar de la televisión. De pronto decidieron que es más barato tener el cine adentro! Nosotras nos dejamos tentar con la idea, no tanto por la fantasía de ver el último estreno acurrucadas junto a ellos, sino porque pensamos que, aunque sea, no van a tener excusas para ir a la cancha..
Pero esta etapa no sólo inaugura un estilo de marido, sino que las mujeres también experimentamos cambios en nuestra sensibilidad, que nos vuelven más irritables y menos tolerantes. Por un lado, deseamos que nuestros novios participen, pero sólo si van a decir aquello que queremos escuchar; de lo contrario, los comentarios se transforman en una ofensa personal. Porque en realidad, ya estamos decididas, y buscamos otra opinión sólo para ratificar la que hemos tomado. O sea que los novios pasan a formar parte de un juego en el que siempre resultan perdedores, sea por exceso o por defecto, sea porque se meten en todo, o porque no colaboran con nada.
En definitiva, sean maniáticos o anónimos, los novios no encuentran su lugar en la organización del casamiento. Algunos declaran nunca haber visto a su mujer tan alterada, hasta que nacen los hijos, y el recuerdo de la organización del casamiento se desvanece entre chupetes y pañales. Sin embargo, siempre hay lugar para las excepciones… y algunos empiezan a discutir después de firmar la libreta. Pero ése, es ya tema de otra nota…

Constanza Manrique para P&S
www.propuestasyservicios.com
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