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| Tenga un romance con su marido. | ||
| El casamiento no sólo une a una pareja bajo un mismo techo. Fundamentalmente es un compromiso que debe ser creado y recreado una y otra vez. Este paraguas no debe darse por sentado. Pues a la más leve tormenta puede volarse con el viento. | ||
| El casamiento no sólo
une a una pareja bajo un mismo techo. Fundamentalmente es un compromiso
que debe ser creado y recreado una y otra vez. Este paraguas no debe darse
por sentado. Pues a la más leve tormenta puede volarse con el viento. Generalmente asociamos el romanticismo con los momentos sublimes de nuestro pasar amoroso. La primera cita, el primer aniversario, el sí en la Iglesia, situaciones que guardamos en nuestra memoria como cabales referentes del idilio del amor. El día a día, en cambio, raras veces es percibido como romántico. Todo indicaría que la magia de este estado sólo puede aparecer en escena en contadas situaciones puntuales. Y en cierta medida es así. La rutina diaria actúa muchas veces como refrigerante de cualquier síntoma de sentimentalismo. Parecería una ironía, entonces, escuchar una y otra vez que el romanticismo en una pareja es un componente indispensable para la salud del matrimonio. El romanticismo es importante porque permite que hombres y mujeres sigan viéndose como amantes tras largos períodos vividos como socios. Durante la semana somos autómatas programados para despertar, trabajar, comer y dormir, en una rutina que se repite constantemente. El romanticismo no encuentra su lugar en esta inercia, a menos que se lo busquemos. Con tanto Hollywood en nuestro haber, cuando queremos imaginar momentos amorosos nos proyectamos a una isla desierta, a una cena bajo la tenue luz de unas velas, o a una velada al calor de una radiante chimenea. Nada más alejado de nuestro escenario cotidiano. Sin embargo, el romanticismo es un estado que como muchos otros se fue adaptando a los tiempos que corren. Hoy se puede ser romántico entre pañales, lavarropas, y comida recalentada. La mayoría de las personas piensan que los romances no se pueden crear deliberadamente, sino que se producen por sí. Pero el romanticismo no tiene por qué ser espontáneo. Incluso la pantalla grande hace uso de miles de trucos y artificios para provocarlo en el espectador. Los grandes momentos pueden pensarse y prepararse, sin por eso tener que acudir al champagne, al caviar o a la luna llena. Para aquellos casos en los que se quiere quebrar el conjuro de la agenda diaria, la imaginación se presenta como la mejor aliada. Y el factor sorpresa actúa a la perfección para cortar con las expectativas previsibles de un día más. Para eso nada mejor que desprogramar nuestro cronómetro, y hacernos un espacio para romper el hechizo, y transformar a nuestro marido en príncipe nuevamente..., y a nuestro hogar en oasis en medio del gris mundo cotidiano. Las parejas que mantienen un romance no son iguales a las que simplemente perduran. Su diferencia se asemeja a la que hay entre un éxito teatral arrollador y una puesta en escena concienzuda. Los matrimonios duraderos donde no hay romance, no están desarrollando todo su potencial. Se conforman con la seguridad y el compañerismo, cualidades notables, pero que no encierran al matrimonio en su plenitud. No existe un catálogo infalible para suscitar emociones fuertes entre una pareja. Cada matrimonio acude a distintas tácticas para refrescar los sentimientos algo olvidados en el trajín cotidiano. Rescatar esos momentos de las cenizas del noviazgo fortalecen una relación que estará signada por siempre de obligaciones y responsabilidades. Y es que cada vez vamos a estar atados a más cosas. Y por eso, cada vez es más necesario reforzar ese primer lazo que elegimos anudar. Hay quienes dicen que el amor no necesita de la inteligencia. Que es pura emoción que fluye sin control. Sin embargo, el amor necesita de la inteligencia para crecer y resistir los embates de la línea de nuestra vida, que generalmente, fluye sin nuestro control. |
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Constanza Manrique para P&S |
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